Centro de Madrid, Agosto, cuatro de la tarde, 40 grados a la sombra. El equipo Foso se deshidrata en una misión de vigilancia que dura ya unas cuantas semanas. Un más que probable agente del CDFC, al que llamamos Sibila por lo escurridizo que es, lleva un tiempo reuniéndose con un diplomático americano, en un edificio cercano a su embajada. Recientemente han redoblado la vigilancia, y buena parte del personal ha vuelto de sus vacaciones, lo que nos hace sospechar que preparan la extracción de un mutante en Madrid. Y aquí estamos nosotros, para ver qué podemos sacar de este asunto.
Andrea, al borde del golpe de calor, hace guardia frente al edificio en cuestión, montada en su moto y enfundada en un blindado y poco transpirable traje crack. Leo se esconde en un callejón cercano a la embajada, junto a dos grandes y apestosos contenedores de basura. Saloa, que ha sacado la pajita más larga, espera cómodamente sentada en el coche con aire acondicionado que nos han asignado.
Sibila hace su aparición y cruza la calle en dirección a la embajada. Pasa junto a la mujer enfundada en el traje crack y se huele algo raro. Sin perder la compostura, prosigue su paseo hasta el edificio de la embajada, se quita la rosa que lleva en la solapa y la coloca en la verja. Acto seguido, se da media vuelta y se dirige al callejón donde se esconde Leo.
Leo, que se ha estado concentrando y revolotea ahora alrededor de Sibila, ve como Saloa sale del coche y coge la flor que Sibila ha dejado en la embajada. Todo apunta a que la flor es una señal de que algo va mal, pero se ve que a Saloa le gustan las flores. Segundos más tarde, Sibila entra en el callejón y recibe una foto en su móvil. Un primer plano de Saloa recogiendo la flor. Menos de un minuto y ya tenemos que abortar la misión. Un nuevo récord para el equipo Foso.
Andrea se dispone a cruzar la calle, cuando ve a dos tipos en una terraza cercana que se levantan y se dirigen hacia el edificio de oficinas. Los esquiva volviendo hacia su moto y cruzando la calle de improviso. Al verla, los dos tipos se separan y se dirigen uno a la embajada y otro al callejón. Mientras tanto, Sibila sube por la escalera de incendios y en la quinta planta entra al edificio. Leo deja de seguirlo cuando uno de los hombres entra en su callejón.
El hombre, al entrar en el callejón, activa un extraño dispositivo que lleva en el reloj, y que parece detectar algo en la dirección donde se esconde Leo. Al ver la señal, el hombre saca una pistola con silenciador y se dirige hacia donde se esconde Leo. Éste, apenas oculto por los contenedores, comienza a pedir ayuda a Andrea para que ataque al pistolero. El hombre se acerca peligrosamente a los contenedores y de repente se da media vuelta y cubre la entrada del callejón. Andrea está a punto de entrar en el callejón y Leo avisa por radio del peligro, rezando para que no le oigan.
El pistolero, que resulta tener un oído excelente, comienza a disparar a través de los contenedores, y Leo contesta con sus pistolas sin silenciador. Al oír los disparos, los acontecimientos se precipitan. Andrea entra a la portería del edificio y empieza a concentrarse para atacar al pistolero. El segundo hombre corre hacia la portería y Saloa corre detrás de él. Mientras, en el callejón, sigue el intercambio de plomo, hasta que Leo alcanza de lleno al pistolero cuando éste intentaba subir las escaleras y sorprenderlo desde arriba.
El segundo hombre y Saloa irrumpen en la portería del edificio y empiezan a sacudirse, ante el estupor del portero. Mientras se intercambian sopapos en el interior del edificio, Leo sale corriendo del callejón gritando “abortar”. En cuanto pone un pie en la calle, un reflejo en una ventana le hace retroceder, justo a tiempo de ver como algo atraviesa el muro y le golpea dolorosamente el hombro. Y Leo empieza a correr en dirección contraria gritando “francotirador”.
En la portería, tras una buena serie de golpes y ante la insistencia del hombre en no caerse al suelo, Saloa saca su arma y dispara. Y el portero cae al suelo preguntándose por qué no se quedó quietecito en su garita. Finalmente el agente cae al suelo, y las chicas se identifican como policías. El portero no parece quedar muy convencido, pero Saloa sigue teniendo una pistola y al hombre no le apetece discutir. Saloa insiste en ver la herida, y usa su poder para reducirle el daño.
Mientras tanto Leo le ha robado el peluco al agente herido y ha subido por las escaleras de emergencia hacia la azotea. Cuando Sibila sale a la escalera un par de pisos por debajo de Leo, éste se esconde y avisa por radio a las chicas. También salen el diplomático con el que Sibila se estaba entrevistando, un niño de unos 10 años, y un par de agentes.
Las chicas suben al primer piso y fuerzan la cerradura de una de las oficinas que dan a la fachada principal. Leo les ha dicho dónde se encuentra el francotirador, y Andrea se dirige a la ventana para neutralizarlo. Por desgracia, el francotirador tiene un visor térmico y sabe que la oficina de la primera planta está vacía. Los cristales de las ventanas empiezan a saltar por los aires mientras Andrea se concentra en el francotirador. Cuando Andrea lanza su ataque los disparos cesan, pero decide seguir concentrándose un rato más por si acaso.
La comitiva que baja por las escaleras exteriores decide entrar en el edificio por la primera planta. Seguramente alertados por el francotirador. El grupo se dirige a la entrada mientras Sibila se planta frente a las oficinas donde están Andrea y Saloa, y empieza a concentrarse. Saloa, para prevenir cualquier ataque mutante, dispara a través de la puerta y hace retroceder a Sibila. Leo alcanza finalmente la primera planta y junto con Saloa, arrinconan a Sibila en las escaleras.
Sibila, acorralado, usa su poder mutante y se convierte en Spiderman. Con un increíble salto alcanza el techo del ascensor y empieza a trepar por el cable. Un disparo de Leo lo deja muy malherido, pero el hombre-araña sigue subiendo. Saloa corre escaleras arriba pistola en mano, y Leo entra en el ascensor. Sibila, al ver a Saloa apuntándole se rinde, pero Leo está demasiado ocupado disparando a través del techo del ascensor y no le oye. Finalmente Sibila cae hasta el ascensor casi inconsciente y sangrando abundantemente.
Mientras Saloa y Leo reducen a Sibila y se dirigen con él a la salida del edificio, Andrea salta por la ventana hasta la calle y persigue al diplomático y a los dos hombres que se alejan con el niño. Saloa se une a Andrea en la pelea contra los agentes y el diplomático, en mitad de la calle. Y Leo arrastra a un ensangrentado Sibila hasta el coche y lo encierra en el maletero. Las sirenas de policía están demasiado cerca como para ser discretos, y por si fuera poco, un vehículo grande, negro y lleno de tipos con caras de pocos amigos acaba de llegar a la calle.
Mientras Andrea y Saloa acaban con los tres hombres y agarran al chiquillo, Leo arranca el coche, mete marcha atrás, pisa a fondo y se estampa contra el lateral del coche negro, hiriendo al conductor e impidiendo que los agentes salgan del coche. Un grito de dolor se oye desde el maletero. Saloa sube al coche con el niño, y tras una larga carrera esquivando balas, Andrea logra subir también. Leo acelera mientras tirotean la parte trasera del coche, y un nuevo grito de dolor sale del maletero.
Tras esquivar por los pelos a un par de Lecheras de la policía, y tras convencer a unos policías de que no les pagan lo suficiente como para perseguir coches que les disparan, Leo continúa su carrera hasta alcanzar el garaje donde tienen preparado el segundo vehículo. Rápidamente cambian de vehículo, duermen a Sibila, que milagrosamente sigue vivo. Y también al niño, que no se da cuenta del lío en el que está metido.
Con el nuevo coche no tenemos problemas para alcanzar el piso franco. En el camino, notamos como nuestra bioenergía disminuye alarmantemente, y parece que el niño es el responsable. Un ladrón de bioenergía. A los chicos de la Fundación les va a encantar.
Escrito en Memorias de Leo
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