[Necro] Julián Cuerva

•septiembre 20, 2007 • Dejar un comentario

Mensaje transmitido desde la central de Heracles España a toda la Dirección Territorial, así como a la sede de la Fundación en Estocolmo, la Nieve, y la sede de Prometheus en Ginebra.

Julián Cuerva, miembro de Prometheus y Heracles, falleció el pasado viernes 2 de septiembre, al ser alcanzado por la explosión de una carga que estaba tratando de desactivar, en una localización con elevada presencia de inocentes. Por sus méritos en el servicio y su destacada trayectoria, se le ha concedido la Condecoración al Mérito en el Servicio a título póstumo.

Julián Cuerva ha desempeñado funciones de consultor en Prometheus, agente en Seguridad Interna de Heracles, y Adjunto al Director Regional de Heracles España. Ha sido coordinador de algunas de las operaciones más relevantes de la pasada década, y un puntal de apoyo para aquellos que le conocieron y trabajaron con él. Su pérdida es un duro golpe para la Obra.

Debido a su expreso deseo y a consideraciones de seguridad, la localización y fecha de los servicios fúnebres se considera materia clasificada. Sin embargo, animamos a cuantos miembros de la organización reciban este mensaje a que se unan a nosotros en sus oraciones por nuestro compañero.

FIN DEL MENSAJE

En hielo

•septiembre 4, 2007 • 4 comentarios

La voz estalla en su cabeza, sacándolo de un sueño inquieto. Ni siquiera puede pretender que no lo ha oído. La voz es inmisericorde.

- Control Escarapela a Alcaudón. Situación.

- Mierda, joder, están controlados, sí. Controlados. Ha habido un momento malo en el irlandés, pero han salido. No esperábamos que hubiese un tiroteo, pero está todo el Equipo.

- ¿Tienen a Delta Cero?

Hijo de cien mil putas. Delta Cero. Somos igual que ellos.

- Delta Cero está bajo control. El emisor de isótopos funciona, no se les ha ocurrido usar un Geiger. No sé si el condicionamiento del niño funcionará como es debido – es una suerte que los telépatas no pueden oírte tragar saliva. Condicionamiento – El equipo está reticente a contactar con Control de Misión de forma estándar. Creo que piensan que será otra vez como el 95.

- No tiene nada que ver con las operaciones del 95, Alcaudón. Esta vez no hablamos de esa clase de infiltración.

- Claro, y supongo que eso hace que esta vez vayamos a triunfar, ¿verdad? – ya está dicho.

Hay un silencio, pero siente la otra mente tocando la suya. Lo está considerando. Si deciden dejarlo en hielo, su traición, todo el sacrificio, no habrá servido para nada.

- Proceda con el plan establecido. Mantenga a la oposición en el rastro de Delta Cero. Hemos preparado ya su ruta de extracción para el comienzo de la segunda fase de Búho Nival.

Suspiró, aliviado y dolorido.  Qué mundo éste, que obliga a alguien a traicionar a los suyos.

 

Un mal día

•agosto 31, 2007 • Dejar un comentario

Miro por la ventana que da a la calle principal. Nada. Ni un alma en la noche de Madrid. La luz de las farolas alumbra las aceras vacías. Y doy gracias a quién sea que allá allí arriba, si es que hay alguien, de que sea así. Sin embargo, no tengo ni un solo motivo para bajar la guardia. Pueden aparecer en cualquier momento. Discretos, sin ruido, sin llamar la atención. O ruidosos y evidentes como hace unas horas en el piso de Las Ventas.

La herida de la pierna me duele, y el hombro me recuerda que ya he recibido demasiados disparos por un día. No han pasado ni 24 horas y ya he estado en 2 tiroteos. Uno, al recoger el “paquete”. Otro, en el bar de Pedro. Pedro, ¿cómo estará? Le hemos jodido el bar, pero eso no importa. En breve recibirá la visita de un abogado en nombre de un inversor anónimo si es necesario. Lo peor es la mano. Espero que hayan podido recomponérsela, aunque no creo que eso me ayude a que vuelva a dirigirme la palabra. Mierda, no tenía que enterarse así. Pero no podía preverlo. No dos ataques distintos en el mismo día. Porque además, ¿qué pintan los alemanes aquí? ¿De dónde son? ¿Son nuestros amiguitos neonazis o son sólo miembros de otro servicio M?

Nos han vendido. No puedo quitarme de la cabeza la idea de que nos han vendido otra vez. Y por dios que si pillo al responsable va a tener el peor dolor de cabeza de su existencia. Vivo para esto, me pagan para que corra riesgos, pero Pedro era inocente. Él no tenía nada que ver. Sólo era mi amigo. Y una vez más la vida parece decirme que ser amigo mío, si no eres de Heracles, no es una buena idea. Lo que no sé es lo que va a ser de él ahora. Quizás, si hablo con Cuerva…

Y esa es otra. Julián. ¿Qué coño hacían los alemanes en su casa? ¿Por qué le siguen a él? Estamos en medio de una guerra a dos bandas y la información que tenemos es una mierda. Sí, ya sé que no podemos hablar de nuestro trabajo. Pero estoy harta de salir a la calle sin saber qué me espera, y con la sensación de que alguien en Colón, en su cómodo despacho, sabe exactamente a lo que nos enfrentamos cada vez.

He roto el protocolo de actuación presentándome en su casa. Pero no podría importarme menos. Le vigilaban. O llegaron hasta él rastreándonos, no me importa. Estaba en peligro y no podía quedarme quieta en la clínica de Saloa simplemente esperando a ver si conseguía salir de allí. Por lo menos está a salvo, aunque esté furioso conmigo. Estará vivo una noche más. Y quisiera creer que nosotros hemos tenido algo que ver en ello. Y si me abren un expediente por ello… bueno, pues que lo hagan. Son demasiados años juntos como para que me pidan que le abandone a su suerte. No puedo hacerlo, aunque a veces le amenace con hacerlo, y él debería saberlo. Igual que tampoco abandonaría a Saloa o a Leo. La misma razón por la que iniciamos la pelea en el bar, incluso cuando sabía que me estaba metiendo en una trampa. No podía no hacer nada. Igual que, ahora mismo, daría mi vida por Sergio, nuestro “paquete”.

Un exoportador. Mierda. Cualquier servicio M mataría por uno. Y a fe mía que lo están haciendo a conciencia. Un jodido exoportador. ¿Se puede saber qué les dan de comer a los niños ahora? No tiene ni 7 años y ya ha perdido a su familia mientras recorre Madrid en compañía de 3 desconocidos que intentan salvarle la vida. Joder, debe estar muerto de miedo. Yo lo estaría….

La calle sigue desierta. La ropa se pega a la sangre reseca. Ya no sé ni cuántas veces me he debido cambiar hoy. Mierda de trabajo. Y cuánto lo echo de menos cuando estoy en La Nieve. Y a Julián, a Saloa, a Félix, a Leo, a… Y cuánto deseo estar allí, alejada de todos, cuando nos llueve mierda miremos donde miremos. Estoy harta de pedir a Leo que vigile un restaurante cada vez que quiero salir a cenar con Julián. O de no ir al cine. O de no dejar de vigilar las salidas cada vez que entro a un bar con Saloa. Un día con una vida normal. Sólo un día. O no, porque acabaría echando de menos las carreras, las prisas, la adrenalina…

Necesito hablar con alguien. Necesito hablar con él. Pero no es momento de mis necesidades. Estamos en peligro y mi equipo me necesita. Tenemos que seguir vivos cuando “Charlie” venga a buscarnos… Solo espero que no tarde mucho.
Mientras, agazapada, miro por la ventana con el arma desenfundada. Fuera, la calle sigue desierta. Quién sabe por cuánto tiempo.

Madrid, 6 semanas antes II

•julio 24, 2007 • 1 comentario

Mientras Andrea busca información sobre Sibila usando los archivos de Heracles, Leo y Saloa se encierran con él en el cuarto de baño para tratar de sacar información de una manera menos tecnológica. Muy profesionales, lo inmovilizamos, le deslumbramos con un flexo, le damos un par de leches y empezamos el interrogatorio. El tipo se mantiene muy sereno, y nos da su nombre, rango y cosillas así. Antes de que podamos intimar más con él, Andrea grita algo desde la habitación. Leo detecta algo raro en el aura de Sibila justo antes de que éste desaparezca, dejando la ropa y las esposas en el suelo del cuarto de baño. “Es un teleportador”, nos confirma Andrea. Recordatorio: la próxima vez que interroguemos a alguien le introduciremos una granada vía rectal, y ataremos la anilla a la silla.

El chaval, que se ha despertado con el jaleo, nos cuenta su triste historia. Sus papás han tenido un accidente, y no sabe si estarán bien. Pobre. Lo tranquilizamos mintiéndole como bellacos e inflándolo a bollycaos.

Andrea decide contactar con Control de Misión, y un ruido en la línea le hace sospechar que puede estar pinchada. También parece que hay algo de jaleo en la calle, y como buenos paranoicos que somos, decidimos abandonar el piso franco inmediatamente. Andrea se queda para atender a las posibles visitas, y el resto se dirige al garaje.

El garaje está sospechosamente oscuro, con todas sus luces apagadas, y Leo ve una figura agazapada entre dos coches. Corremos de vuelta al ascensor, y regresamos al piso, cuando un apagón nos deja encerrados. Tras muchos esfuerzos, Leo logra forzar las puertas del ascensor y sale a la segunda planta. Por desgracia ya se oyen pasos corriendo por las escaleras, y no hay tiempo para sacar a Saloa y al niño. En un desesperado intento, echa a correr para atraer la atención de quien nos haya preparado la encerrona.

Saloa y el niño, ocultos en el ascensor, escuchan los gritos de los asaltantes que se identifican como GEOs. Y oyen los insultos y los disparos de Leo alejándose por el pasillo, seguidos de varias ráfagas de subfusiles. El niño, aterrorizado, se abalanza hacia Saloa, y al tocarla, Saloa siente un dolor terrible. Incapaz de defenderse, ni siquiera llega a gritar antes de que su cuerpo se desintegre completamente. Y cuando los GEOs abren el ascensor, lo encuentran vacío.

Leo logra abrir a tiros la puerta de una casa, justo cuando algunas miras láser empiezan a recorrer el final del pasillo. Atraviesa la casa apartando a empujones a los sorprendidos inquilinos y de un salto perfecto atraviesa la ventana, se agarra a las ramas de un árbol y aterriza suavemente en el suelo. Cuando los GEOs se asoman a la ventana, Leo ya ha alcanzado la piscina del edificio. Aprovechando la confusión y mezclándose con los asustados vecinos que están siendo desalojados, Leo escapa del cordón policial y corre al metro más cercano.

Andrea aprovecha los últimos segundos antes de que los GEOs echen la puerta abajo y llama a Cuerva. Tras cagarse en sus muelas por que es la enésima vez que nos venden, saca la tarjeta SIM del móvil, se la mete en la boca y se teleporta fuera del edificio. Tras un par de saltos por las azoteas de Madrid, alcanza la seguridad de su casa e intenta contactar con el resto del equipo.

Saloa despierta dolorida en el suelo de su apartamento. Su teléfono móvil está sonando. Junto a ella está el niño, que le dice que vio una imagen de este sitio en su cabeza y que deseó ir a este sitio. Ladrón de bioenergía, lector mental y exoportador. Definitivamente los de la Fundación se van a volver locos con este chaval. Saloa coge el teléfono y le cuenta a Andrea lo sucedido. Deciden quedar algunas horas más tarde en el bar de Pedro, el amigo de Andrea.

Mientras, Leo sigue su frenética huida para escapar de la operación policial. Nos deben tomar por terroristas de la peor calaña. Cuando la policía empieza a recorrer los vagones de su metro, Leo convence al conductor a punta de pistola para que le deje esconderse en la cabina hasta el final del viaje. Al llegar al final de la línea, Leo destroza la radio y vuelve a salir corriendo. Sale a la casa de campo, donde no tarda en encontrar un coche para seguir huyendo. Otra vez a punta de pistola convence al dueño y a la prostituta que le acompaña para que terminen el servicio fuera del coche. Usando el mismo argumento del calibre 44, consigue también que le presten el coche y el móvil.

Andrea llama a Control de Misión para informar del lamentable resultado de nuestra misión. Sospecha otra vez de la seguridad de la línea y responde vagamente a las preguntas de Control de Misión. Informa de que Sibila fue capturado pero se teleportó, y de que el niño y el resto del equipo Foso están en paradero desconocido. Tras colgar, Andrea recibe una llamada de Leo, que está a mitad de camino de Badajoz. Andrea le pone al tanto de las increíbles capacidades del chavalín, y deciden quedar todos en el bar de Pedro.

Madrid, 6 semanas antes. I

•julio 23, 2007 • 5 comentarios

Centro de Madrid, Agosto, cuatro de la tarde, 40 grados a la sombra. El equipo Foso se deshidrata en una misión de vigilancia que dura ya unas cuantas semanas. Un más que probable agente del CDFC, al que llamamos Sibila por lo escurridizo que es, lleva un tiempo reuniéndose con un diplomático americano, en un edificio cercano a su embajada. Recientemente han redoblado la vigilancia, y buena parte del personal ha vuelto de sus vacaciones, lo que nos hace sospechar que preparan la extracción de un mutante en Madrid. Y aquí estamos nosotros, para ver qué podemos sacar de este asunto.

Andrea, al borde del golpe de calor, hace guardia frente al edificio en cuestión, montada en su moto y enfundada en un blindado y poco transpirable traje crack. Leo se esconde en un callejón cercano a la embajada, junto a dos grandes y apestosos contenedores de basura. Saloa, que ha sacado la pajita más larga, espera cómodamente sentada en el coche con aire acondicionado que nos han asignado.

Sibila hace su aparición y cruza la calle en dirección a la embajada. Pasa junto a la mujer enfundada en el traje crack y se huele algo raro. Sin perder la compostura, prosigue su paseo hasta el edificio de la embajada, se quita la rosa que lleva en la solapa y la coloca en la verja. Acto seguido, se da media vuelta y se dirige al callejón donde se esconde Leo.

Leo, que se ha estado concentrando y revolotea ahora alrededor de Sibila, ve como Saloa sale del coche y coge la flor que Sibila ha dejado en la embajada. Todo apunta a que la flor es una señal de que algo va mal, pero se ve que a Saloa le gustan las flores. Segundos más tarde, Sibila entra en el callejón y recibe una foto en su móvil. Un primer plano de Saloa recogiendo la flor. Menos de un minuto y ya tenemos que abortar la misión. Un nuevo récord para el equipo Foso.

Andrea se dispone a cruzar la calle, cuando ve a dos tipos en una terraza cercana que se levantan y se dirigen hacia el edificio de oficinas. Los esquiva volviendo hacia su moto y cruzando la calle de improviso. Al verla, los dos tipos se separan y se dirigen uno a la embajada y otro al callejón. Mientras tanto, Sibila sube por la escalera de incendios y en la quinta planta entra al edificio. Leo deja de seguirlo cuando uno de los hombres entra en su callejón.

El hombre, al entrar en el callejón, activa un extraño dispositivo que lleva en el reloj, y que parece detectar algo en la dirección donde se esconde Leo. Al ver la señal, el hombre saca una pistola con silenciador y se dirige hacia donde se esconde Leo. Éste, apenas oculto por los contenedores, comienza a pedir ayuda a Andrea para que ataque al pistolero. El hombre se acerca peligrosamente a los contenedores y de repente se da media vuelta y cubre la entrada del callejón. Andrea está a punto de entrar en el callejón y Leo avisa por radio del peligro, rezando para que no le oigan.

El pistolero, que resulta tener un oído excelente, comienza a disparar a través de los contenedores, y Leo contesta con sus pistolas sin silenciador. Al oír los disparos, los acontecimientos se precipitan. Andrea entra a la portería del edificio y empieza a concentrarse para atacar al pistolero. El segundo hombre corre hacia la portería y Saloa corre detrás de él. Mientras, en el callejón, sigue el intercambio de plomo, hasta que Leo alcanza de lleno al pistolero cuando éste intentaba subir las escaleras y sorprenderlo desde arriba.

El segundo hombre y Saloa irrumpen en la portería del edificio y empiezan a sacudirse, ante el estupor del portero. Mientras se intercambian sopapos en el interior del edificio, Leo sale corriendo del callejón gritando “abortar”. En cuanto pone un pie en la calle, un reflejo en una ventana le hace retroceder, justo a tiempo de ver como algo atraviesa el muro y le golpea dolorosamente el hombro. Y Leo empieza a correr en dirección contraria gritando “francotirador”.

En la portería, tras una buena serie de golpes y ante la insistencia del hombre en no caerse al suelo, Saloa saca su arma y dispara. Y el portero cae al suelo preguntándose por qué no se quedó quietecito en su garita. Finalmente el agente cae al suelo, y las chicas se identifican como policías. El portero no parece quedar muy convencido, pero Saloa sigue teniendo una pistola y al hombre no le apetece discutir. Saloa insiste en ver la herida, y usa su poder para reducirle el daño.

Mientras tanto Leo le ha robado el peluco al agente herido y ha subido por las escaleras de emergencia hacia la azotea. Cuando Sibila sale a la escalera un par de pisos por debajo de Leo, éste se esconde y avisa por radio a las chicas. También salen el diplomático con el que Sibila se estaba entrevistando, un niño de unos 10 años, y un par de agentes.

Las chicas suben al primer piso y fuerzan la cerradura de una de las oficinas que dan a la fachada principal. Leo les ha dicho dónde se encuentra el francotirador, y Andrea se dirige a la ventana para neutralizarlo. Por desgracia, el francotirador tiene un visor térmico y sabe que la oficina de la primera planta está vacía. Los cristales de las ventanas empiezan a saltar por los aires mientras Andrea se concentra en el francotirador. Cuando Andrea lanza su ataque los disparos cesan, pero decide seguir concentrándose un rato más por si acaso.

La comitiva que baja por las escaleras exteriores decide entrar en el edificio por la primera planta. Seguramente alertados por el francotirador. El grupo se dirige a la entrada mientras Sibila se planta frente a las oficinas donde están Andrea y Saloa, y empieza a concentrarse. Saloa, para prevenir cualquier ataque mutante, dispara a través de la puerta y hace retroceder a Sibila. Leo alcanza finalmente la primera planta y junto con Saloa, arrinconan a Sibila en las escaleras.

Sibila, acorralado, usa su poder mutante y se convierte en Spiderman. Con un increíble salto alcanza el techo del ascensor y empieza a trepar por el cable. Un disparo de Leo lo deja muy malherido, pero el hombre-araña sigue subiendo. Saloa corre escaleras arriba pistola en mano, y Leo entra en el ascensor. Sibila, al ver a Saloa apuntándole se rinde, pero Leo está demasiado ocupado disparando a través del techo del ascensor y no le oye. Finalmente Sibila cae hasta el ascensor casi inconsciente y sangrando abundantemente.

Mientras Saloa y Leo reducen a Sibila y se dirigen con él a la salida del edificio, Andrea salta por la ventana hasta la calle y persigue al diplomático y a los dos hombres que se alejan con el niño. Saloa se une a Andrea en la pelea contra los agentes y el diplomático, en mitad de la calle. Y Leo arrastra a un ensangrentado Sibila hasta el coche y lo encierra en el maletero. Las sirenas de policía están demasiado cerca como para ser discretos, y por si fuera poco, un vehículo grande, negro y lleno de tipos con caras de pocos amigos acaba de llegar a la calle.

Mientras Andrea y Saloa acaban con los tres hombres y agarran al chiquillo, Leo arranca el coche, mete marcha atrás, pisa a fondo y se estampa contra el lateral del coche negro, hiriendo al conductor e impidiendo que los agentes salgan del coche. Un grito de dolor se oye desde el maletero. Saloa sube al coche con el niño, y tras una larga carrera esquivando balas, Andrea logra subir también. Leo acelera mientras tirotean la parte trasera del coche, y un nuevo grito de dolor sale del maletero.

Tras esquivar por los pelos a un par de Lecheras de la policía, y tras convencer a unos policías de que no les pagan lo suficiente como para perseguir coches que les disparan, Leo continúa su carrera hasta alcanzar el garaje donde tienen preparado el segundo vehículo. Rápidamente cambian de vehículo, duermen a Sibila, que milagrosamente sigue vivo. Y también al niño, que no se da cuenta del lío en el que está metido.

Con el nuevo coche no tenemos problemas para alcanzar el piso franco. En el camino, notamos como nuestra bioenergía disminuye alarmantemente, y parece que el niño es el responsable. Un ladrón de bioenergía. A los chicos de la Fundación les va a encantar.

 
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